Archivos para febrero, 2016

A solo días del VIII Congreso Internacional de la Cátedra UNESCO para la Lectura y Escritura, la Universidad Nacional de Córdoba (Argentina) acaba de publicar online con acceso libre una impresionante colección de 11 volúmenes con investigaciones, sometidas a referato, que fueron socializadas en el congreso internacional previo (2013). 

El recorrido por estos volúmenes sirve de termómetro del interés por el tema y, más importante aún, de la consolidación de los estudios sobre lectura y escritura como disciplina en Latinoamérica, a 20 años de la creación de la Cátedra. También es muy valiosa la postura política de publicar con acceso libre este panorama de forma tal de fomentar el intercambio científico en la región. A continuación, los enlaces puntuales según los distintos ejes temáticos:

Volumen 1 – Lectura y escritura en los niveles preescolar y primario
Volumen 2 – Lectura y escritura en el nivel medio
Volumen 3 – Lectura y escritura en el nivel superior
Volumen 4 – Lectura y escritura como prácticas sociales
Volumen 5 – Teorías del lenguaje y enseñanzas de la lectura y la escritura: implicaciones 
Volumen 6 – Tecnologías actuales, lectura y escritura
Volumen 7 – Lectura y escritura: segundas lenguas y lenguas extranjeras
Volumen 8 – Lectura y escritura del discurso literario
Volumen 9 – Políticas estatales, regionales y/o institucionales para la lectura y la escritura
Volumen 10 – Currículo, evaluación y formación en lectura y escritura 
Volumen 11 – Lectura y escritura: algunas miradas desde América Latina

En una conferencia del año pasado, cuantifiqué el peso relativo de cada uno de los ejes temáticos de ese congreso según la cantidad de mesas disponibles. Este dato puede ayudar a entender dónde se focaliza actualmente la investigación dentro de un tema tan amplio como la lectura y la escritura. A continuación, los resultados:

mesas UNESCO 2013 español

Se puede notar a primera vista que la lectura y escritura en educación superior, y el análisis de la lectura y la escritura como prácticas sociales situadas, son los ejes temáticos predominantes.

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Hace poco se habilitó el Open Syllabus Project (OSP), una enorme base de datos de Columbia University (USA) de acceso libre con un millón de programas de educación superior en universidades angloparlantes. Sin olvidar este recorte cultural y geográfico, el buscador de OSP permite identificar múltiples cánones de textos efectivamente institucionalizados por la universidad para su enseñanza y aprendizaje.

Uno de los primero hallazgos que saltan a la vista es que el texto más veces incluido en el corpus en todas las áreas es “The elements of style”, un manual prescriptivo de escritura académica publicado en 1920. Este dato revela tanto la centralidad de la enseñanza de la escritura como la persistencia de una mirada normativa y basada en los errores y recomendaciones de escritura.

Uno podría considerar que se trata de una perspectiva ya caduca, pero una publicación reciente que ha causado bastante revuelo muestra que no es así. Con un eco explícito al libro mencionado previamente, el muy simpático psicólogo y lingüista de Harvard Stephen Pinker publicó en 2014 “The Sense of Style: The Thinking Person’s Guide to Writing in the 21st Century”. La didáctica de la escritura académica no es su especialidad, pero eso no fue una limitación para Pinker; ya se sabe que cualquiera (y más si se es lingüista) puede opinar y enseñar escritura académica a partir de sus puras representaciones e intuiciones. Eso sí, no creo que nadie admita que un experto en escritura académica escriba un libro sobre psicología cognitiva o que concurse un cargo de gramática.

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Propone Pinker en su presentación del libro: “Can you use linguistics, cognitive science, and psycholinguistics to come up with a better style manual—a 21st century alternative to the classic guides like Strunk and White’s The Elements of Style?”. Se trata de un giro superficial, “científicamente respaldado”, para escribir otro manual prescriptivo que no distingue entre los discursos y marcos epistemológicos de las disciplinas ni basa sus recomendaciones en la investigación de los usos efectivos de cada ámbito y situación.

En este sentido, Pinker sostiene: “bad writing is cluttered with apologies and hedges and ‘somewhats’ and reviews of the past activity of people in the same line of work as the writer, as opposed to concentrating on something in the world that the writer is trying to get someone else to see with their own eyes”. Aparece aquí una concepción subyacente positivista, en la que la construcción retórica y negociada de una argumentación, con base en las prácticas argumentativas de cada disciplina, va en contra de la deseable “transparencia” del lenguaje al dar cuenta de los fenómenos del mundo. ¿Por qué negociar con el saber consensuado, relativizar mis afirmaciones, dar cuenta de las investigaciones previas y utilizar el estilo típico de mi área para validar mi aporte, si es más sencillo simplemente ir al grano y mostrar cómo es el mundo? No es de extrañar que en la bibliografía de Pinker no aparezcan Charles Bazerman, John Swales, Ken Hyland o Greg Myers. Cualquiera que siga las recomendaciones de Pinker podrá experimentar en carne propia el rechazo de los pares evaluadores en una revista científica.

Pero hay más concepciones implícitas clásicas, por ejemplo que los escritores literarios son de los más capacitados para escribir y opinar sobre escritura, que la escritura formal es una sola o que la escritura es léxico y gramática. Inadvertidamente, Pinker recupera así una mirada decimonónica para la escritura académica del siglo XXI.